Trabajo de investigación sobre el ceheginero Martín Chico. Antonio Peñalver

 

INTRODUCCIÓN

Conocí la figura de Martín Chico Suarez (Cehegín, 1864-1931) por verdadera casualidad. Una tarde, escudriñando en Internet, me encontré con este ceheginero nacido a mediados del siglo XIX totalmente inédito en nuestro pueblo y reconocido filántropo, maestro, pedagogo, escritor y defensor a ultranza de la naturaleza  por tierras segovianas, toledanas, sorianas y madrileñas, donde desarrolló toda su carrera.

Fue un gran educador y precursor de las teorías pedagógicas modernas. Su libro más celebrado es ‘Mi amigo el árbol’, que tuvo no menos de tres ediciones. No fue el único que escribió, pero sí el más famoso. Es un libro precioso que trata del amor a la naturaleza y en especial a los árboles; es hoy en día una obra referencial y de culto entre naturalistas y ecologistas.    

La historia que narro a continuación, es el producto de una larga investigación sobre la trayectoria vital de este maestro nacional de mente prodigiosa y santidad probada, que vino a morir a su tierra y que hoy descansa para siempre en el cementerio parroquial de nuestro pueblo.

 

TRABAJO DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL CEHEGINERO MARTÍN CHICO SUÁREZ

 

Martín Chico Suarez: Maestro. Así, sencillamente, reza en su tumba; un modestísimo nicho abandonado al que quiénes podían llevarle flores, andan por su mismo elíseo. Él, que podría haber descansado en blanca cripta marmórea, eligió esa pequeña sepultura cóncava donde reposa desde hace ya ochenta y cinco años. Seguramente, sus deseos hubieran sido yacer bajo las grisáceas hojas del viejo olivo centenario -olivera le llamamos por estos pagos- de la plazuela de su abuela Catalina en la alejada y solitaria casa de huerta; aquel viejo árbol de tronco retorcido que fue su verdadero amigo de niñez: “Su amigo el Árbol”, donde su anciana abuela le contaba cuentos bucólicos.

Martín Chico no era hombre de estridencias. Tan es así, que quiso venir a morirse a su pueblo, donde nadie le conocía excepto sus familiares; lejos de ‘la gloria castellana’, la tierra que le dió reconocimiento. Salió para Madrid a temprana edad, animado por su padre y por aquellos que ya veían en él grandes aptitudes culturales y, sobre todo, esa gran capacidad de observación de la naturaleza que le hacía quedarse ensimismado con el vuelo grácil de una mariposa o el afanoso quehacer de una abeja sobre el néctar de una florecilla, o viendo brotar los jóvenes renuevos de un melocotonero. Se estaba forjando ya el futuro gran medioambientalista español que fue.

Quiso Dios que Martín Chico Suárez naciera un caluroso 17 de Julio de 1.864 en Cehegín, un pueblo del noroeste murciano plagado de grandes fincas de secano y regadío, y regias casonas palaciegas, donde condes, duques y marqueses venidos de la capital del reino, apaciguaban el calor sofocante del estío levantino. Rotundamente ceheginero, por sus venas fluía también con fuerza la sangre asturiana de sus abuelos maternos: los Suárez Menéndez, llegados desde su Gijón natal hasta Cehegín en busca, seguramente, de un futuro diferente para sus hijos.

Pedro, su padre, fue quien infundió en el pequeño Martín el afán por el saber. Cuenta él mismo en su delicioso libro “Mi amigo el Árbol” cómo su progenitor, huérfano de padre, se las ingeniaba a espaldas de su severo padrastro para aprender a leer y escribir de la mano de un labrador vecino, que le prometió enseñarle las letras a cambio de hacerle algunos trabajos, tales como surcar la anhelante tierra a golpe de azadón para que el agua de las acequias discurriera a  través de sus caballones. Al oscurecer, ayudado por el sempiterno olivo que le servía de escalera, escapaba de su casa saltando la tapia, con el afán de sentirse algún día importante a través del saber. Luego, exhausto, volvía al amanecer, y trepando por el lomo de su cómplice silencioso, accedía a su cuarto para descansar apenas una hora y volver a las labores hortenses en la finca de un rico hacendado vecino.

Acabó Martín brillantemente sus estudios de maestro, y fue en la toledana Illescas donde empezó a impartir su magisterio con gran brillantez y entusiasmo. Estuvo poco tiempo, ya que con las seiscientas veinticinco pesetas que ganaba al año, no vislumbraba un futuro muy halagüeño para su recién formada familia, pero dejó allí su impronta para siempre. Los illescanos pronto le cogieron un gran cariño y vieron el gran caudal de sabiduría que se les escapaba, aunque nada podían hacer; la decisión estaba tomada. Hoy en día, un colegio público de Illescas lleva con orgullo su nombre. 

Unas oposiciones excelentes le mandaron a la ciudad de la grandiosa alquería de piedra: Segovia. Allí alcanzó su máxima expresión como educador, cultivando sus grandes dotes de pedagogo y explorando vanguardistas técnicas de enseñanza tan eficaces como extrañas para la mentalidad de la época. ‘Aprender haciendo’ era su lema.

Los niños le adoraban. A sus buenas formas, su paciencia y tolerancia, unía uno de sus tesoros más preciados: la filantropía, una facultad que le llevó a dar clases particulares sin cobrar nada por ello, o a fundar una institución llamada ‘El Niño Descalzo’ que se preocupaba de aquellos alumnos más pobres, proporcionándoles calzado, ropa, comida y atención sanitaria, convirtiéndose en pionero en este apartado educacional.

Como su afán por evolucionar en su ámbito profesional no tenía límites, aprobó unas nuevas oposiciones que le llevaron definitivamente a Madrid. Nunca se había visto cosa igual: los miembros del tribunal se levantaron para felicitar a Martín por su brillantísima exposición oral. Atrás quedaron siete años maravillosos en la ciudad del mágico Alcázar, el que parece sacado de un cuento de hadas. En Segovia siempre será recordado, no en balde un colegio público modélico como es el CEIP MARTÍN CHICO, constituye un permanente homenaje a la figura del gran maestro ceheginero. Hoy en día, una placa luce en su honor en la casa donde habitó durante su etapa segoviana.

Maestro de maestros. Así era considerado por sus colegas y por quienes le conocían, además de por ejercer de rector de la Escuela Normal de Segovia durante un tiempo. Extraordinario calígrafo, poeta y escritor; hasta el gran dramaturgo Azorín, en uno de sus ensayos, ensalzó la gran labor y la figura de Martín Chico Suárez en Segovia. Quienes compartían con él, sabían también de sus grandes dotes de orador.

Amante de la naturaleza desde niño, ecologista confeso cuando aún esa palabra no aparecía en el diccionario, y medioambientalista militante, constituye un historial inigualable de un hombre hecho a sí mismo.

A los cien años de su nacimiento, sus antiguos alumnos junto con su hijo Pedro, le hicieron un merecido homenaje en Segovia. Su hijo se levantó y ofreció unas palabras ensalzando la figura de Martín Chico: “Mi padre murió en olor de santidad”. Él era un hombre de fuertes convicciones religiosas; siempre vinculó la educación de sus alumnos a la fe católica. Yo me pregunto una vez conocido el personaje: ¿No estaremos realmente ante un hombre santo?

Martín, ceheginero de pro y segoviano de corazón, se marchó un día, viudo ya de su esposa Josefa Rello y jubilado, a la tierra que le vió nacer; sus hijos tenían su vida encarrilada y no le necesitaban. Ellos también habían sido inoculados con el gen del saber, que un día llevó a su abuelo Pedro Chico a escaparse de incógnito para alfabetizarse, o a su padre a estudiar a Madrid cuando un hijo de jornalero como él solo podía aspirar a ser jornalero también.

Él ya sabía que la bronquitis crónica que padecía desde hacía algún tiempo, acabaría con su vida. También estaba gravemente afectado por una hemiplejía que le impedía moverse con desenvoltura. Tras meditarlo profundamente, cogió un tren que le devolvería definitivamente a sus orígenes, a la tierra húmeda, a la rica huerta murciana, al aromático pero de alcuza y a su viejo amigo ‘el olivo’ u ‘olivera’ como decimos nosotros.

Así, un 31 de agosto de 1.931, nos dejó para siempre aún joven; tenía 67 años. Nos queda el recuerdo de que Martín existió ‘con mayúsculas’. El maestro descansa para siempre en ese nicho abandonado, sellado por una lápida blanca acompañada de un triste ramo de flores contrahechas que alguien un día puso allí queriendo despedirse para siempre. El crucifijo de cobre hueco arrancado de su ataúd aquel 1 de septiembre de 1.931 en que fue enterrado, acredita su inquebrantable fe. Una exigua leyenda grabada en letras negras, muestra el temple de un hombre que supo vivir y morir humildemente: Martín Chico Suárez. Maestro. Descanse en paz.

Prometo que ya nunca le faltarán flores en su tumba cada primero de septiembre, mi querido maestro.

Encantado de haberle conocido.

 

Antonio Peñalver Corbalán

10 de mayo de 2.016  

 

 

 

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COMENTARIOS

Carmen Corbalán Chico 13 junio, 2016 a las 10:42 am Responder

Gracias Antonio Peñalver por este maravilloso relato y por la gran labor de investigación que has hecho. Gracias también a La Panorámica por publicarlo. Este ya es un gran reconocimiento a la figura de Martín Chico, pero estaría genial que se le reconociera también a nivel del pueblo que le vió nacer y morir porque, al fin y al cabo, él, como cuentas, fue un ceheginero del que nos debemos sentir orgullosos. Gracias de nuevo.

Vjm 15 junio, 2016 a las 5:14 pm Responder

Enhorabuena, sin duda un excelente trabajo biográfico de una persona inquieta a su tiempo.

Diego Ibernón 6 agosto, 2016 a las 10:49 pm Responder

Gracias por tus interesantes aportaciones.

Diego 9 diciembre, 2016 a las 10:21 am Responder

Recomendable la lectura de su novela, de claro carácter autobiográfico, Maestro (1922).

    bb 9 mayo, 2018 a las 4:48 pm Responder

    Saludos, podrías decirme, el sentido autobiográfico de la obra, con un final tan ficticio? gracias

Diego 9 diciembre, 2016 a las 10:26 am Responder

Me sumo al comentario De Carmen Corbalan. Que lleve su nombre una calle o un centro educativo.

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