Descubriendo Moratalla ‘Esencia Pura’. Piedad M. López (Oficina de Turismo de Moratalla)

 

 

Primera hora de un día, mediado el mes de agosto, en un rincón concreto de nuestro planeta: Moratalla, en la altiplanicie del Campo de San Juan. Sensaciones a flor de piel, sentidos que se despiertan sin nuestro permiso, salvajes aún, pugnan por escapar de nuestro cuerpo dominado por la civilización a un mundo lleno de ellas que se abre ante nosotros… Aire fresco que eriza el bello de nuestros brazos, arrullos de abejarucos que planean como pequeñas cometas multicolores… altos, buscando el sol, y algo más que lo envuelve todo…fragancia, perfume, esencias que suspendidas en el aire nos rodean e impregnan nuestra ropa, nuestros cabellos, fluyen con nuestro respirar al interior de nuestros cerebros, al centro mismo de nuestra memoria y nuestro ser… y es buscando precisamente la esencia pura de los campos de lavandín y espliego del Campo de San Juan, que este madrugador grupo de” cazadores de experiencias” afina los sentidos y pone a punto las cámaras fotográficas…nada se nos debe escapar.

Y es que, con este recibimiento, el día promete. Hemos elegido uno de los cultivos que nos resulta más atractivo debido a su especial ubicación. Rodeados de lavandín (lavandula hybrida) y espliego (lavándula latifolia) por todas partes, tenemos una magnífica visión del ‘antiguo acantilado mioceno’ de las cuevas de Zaén, del Paleokarts de la Hoya del Gato, del Santuario Íbero de La Nariz, de las filas de choperas que acompañan al Río Alhárabe desde su nacimiento, y a sus arroyos tributarios… es evidente que a la sugestiva belleza del paisaje que nos rodea, se suman una gran cantidad de valores naturales y antropológicos que nos invitan a disfrutar de una intensa jornada. 

Las cámaras comienzan su trabajo de recoger la personal impresión que el lugar inspira en cada uno de nosotros. Tímidamente, como temerosos de molestar a las plantas, nos sumergimos poco a poco entre las líneas de malva intenso, carriles infinitos que se pierden en el horizonte, por los que caminamos mientras las plantas, coquetas y agradecidas por despertar nuestro interés, desprenden con intensidad aromas que fijaran para siempre este día en nuestra memoria. Distinguimos las evidentes diferencias entre ellas, fragancia, textura, color, frondosidad… y también los rasgos comunes.

Un lugareño, como muchos durante la floración de estos campos, se afana desde bien temprano sobre su segadora, y nos permite amablemente acercarnos para ver cómo trabaja. Aquí el aroma es más intenso si cabe, desprendiéndose de los haces de espliego que la máquina va dejando a su paso. Cada uno, disfruta a su manera…paseando entre ellas, fotografiando cada instante, cada planta, cada flor, acariciándolas… Pero todos al unísono respiramos. Respiramos su esencia, respiramos el fruto de una tierra, y al respirar, una parte del carácter del Campo de San Juan vive en nosotros. Una sombra se desliza sigilosa a nuestra izquierda, se eleva un poco y gira para enseñarnos que se trata de una aguililla calzada en busca de algo que llevarse al pico, o simplemente curiosa ante nuestra presencia.

Decidimos seguir su ejemplo, y tomar un bocado. Y como tenemos cerca uno de los lugares de interés geológico de los muchos que rodean el Campo de San Juan, que mejor que almorzar mientras disfrutamos de su vista. Las diaclasas de la Casa de La Rueda nos proporcionan un ‘comedor de campaña’ de unos 25-23 millones de años, y para no desentonar con tanto glamour, disfrutamos de una tapa de queso de lavanda italiano. Bien almorzados, y antes de continuar con el plato fuerte de la jornada, jugamos a descubrir los múltiples fósiles que se esconden en esta curiosa formación.

Pero nos esperan en una de las calderas donde se destila la esencia de las aromáticas, y partimos en dirección a Zaén de Arriba para seguir desvelando los secretos de éste cultivo. Ésta aldea moratallera luce preciosa gracias al esfuerzo de sus habitantes. Fachadas coloristas, recién pintadas y adornadas con flores, rodeadas de fértiles huertos particulares, nos regalan un delicioso paseo entre la cada vez más intensa fragancia que llega desde la cercana caldera. Nos aproximamos despacio, disfrutando del fragante paseo, de la temperatura ideal, de los colores que nos rodean, para descubrir un ingenio que acorralado por los haces cocidos de espliego y lavandín, lanza al cielo bocanadas de humo cargado de olor, ya que son las propias plantas cocidas las que alimentan el fuego de la enorme caldera.

Un trabajo artesanal, duro como todos los del campo, pero con la sencillez de las cosas auténticas. Agua, fuego, plantas e imaginación y esfuerzo humano, esa es la receta de la esencia pura del Campo de San Juan. La caldera ruge como un dragón furioso cuando abren el portillo para alimentar las llamas, y el vapor hace su trabajo, de manera firme pero delicada a la vez. Todos quedamos absortos, embebidos en el proceso…fotos, preguntas, el grupo se disgrega, y todos atienden nuestras preguntas mientras trabajan. Una de las enormes ollas se abre, y el aroma se derrama sobre el grupo, sobre la aldea, sobre los campos… La enorme columna de planta cocida asciende ante nuestros atónitos ojos. Pero no hay descanso, enseguida se carga de nuevo con otra cantidad increíble de planta…”no van a poder cerrarla”, pero si, ya lo creo que se cerró.

El aceite esencial, no para de fluir, limpio, cristalino, flotando sobre el agua de la que tendrá que ser separado… en la pequeña habitación la intensidad de la fragancia llega al culmen de lo imaginable… Todo se desarrolla como una coreografía bien ensayada, cada uno en su puesto, cumpliendo su función con la eficacia de quien lleva toda su vida bailando esta “danza”, no en vano, un nieto observa y aprende orgulloso de su abuelo el arte de extraer la esencia, deseoso de ayudar y demostrar su pericia.

Memoria olfativa, es algo que hoy también hemos aprendido. Muchos son los comentarios y vivencias que siempre asociaremos a esta esencia; alguien me comenta que tenía tal congestión de nariz que estaba tomando corticoides, y que desde que estábamos en la caldera, su nariz estaba completamente despejada…y el más emotivo, un comentario, de esos que no olvidas, “mi abuelo olía así” …ojos emocionados destilan su propia fragancia en forma de recuerdo en la intimidad de las gafas de sol… 

Nos despedimos de nuestros amables anfitriones, entre disculpas por la intromisión de unos insaciables descubridores en medio de su tarea diaria, y profundamente agradecidos por el trato recibido, y por la clase magistral recibida del maestro improvisado a pie de caldera. Nos llevamos sus enseñanzas, un frasquito de esencia pura y un aroma que no se desprenderá de nuestros cuerpos en lo que queda de jornada, y jamás de nuestro espíritu. Nuestro hermanamiento con estas tierras, con sus gentes, con su historia, con su esencia, ha sido completado…aunque aún tenemos algo pendiente.

Nada mejor para quedar ahítos de emociones y experiencias, que sumergirnos un rato en la gastronomía local. Así pues, nos dirigimos al restaurante El Cortijo a saciar apetitos más mundanos, y a fe que lo conseguimos. Embutidos de fabricación local, de El Siglo, migas, cordero y cabrito a la brasa, excelentes pescados a pesar de encontrarnos tan alejados de la costa…actual, postres caseros, compañía inmejorable, crean la alquimia con la que al fin hemos completado el periplo de experiencias que buscábamos, desde que a primera hora los abejarucos y la esencia en el aire fresco de la mañana, nos dieran la bienvenida a una tierra bendecida por dones de los que hemos disfrutado con sosiego y plenitud. Un día más en el paraíso.

 

P.D.: Nuestro más sincero agradecimiento a las gentes de Zaén y del Campo de San Juan, por su amabilidad y cariñoso trato. Así sólo quedan ganas de volver, y una deuda eterna.

Nuestras disculpas a todos aquellos que por exceso de cupo no pudieron acompañarnos. Consideramos que los grupos reducidos son una táctica adecuada para conseguir una actividad de calidad, segura, y respetuosa con el medio natural y las gentes que lo habitan, esperamos que dichas consideraciones sean entendidas y compartidas.

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