El Carpintero Ilustrado. Antonio Peñalver

 

 

Hacía algún tiempo que andaba detrás de volver a visitar a mi amigo Antonio. Últimamente anda el hombre un poco pachucho; la salud es como una esposa infiel, no consulta con nadie cuando decide tomarse ‘unas vacaciones’.

Oigo sus pasos acercándose a la puerta. Antonio, el ebanista de toda la vida que hasta hace bien poco hacía horas y más horas en su pequeño taller del inicio de la calle La Tercia, me recibe con una sonrisa y un explícito meneo de cabeza, indicándome que entre en la casa. Tras saludarnos efusivamente, subimos unos pocos peldaños que nos conducen a una antigua salita cargada de recuerdos. Antonio me invita a que nos sentemos alrededor de una tradicional mesa de camilla junto al balcón entornado que da a la calle Ginés de Paco, por el que se cuela el agradable fresco mañanero. Él, en su desgastado sillón orejero y yo en una cómoda silla que él mismo fabricara un día. Un pequeño perrito de pelaje blanco de esos que nunca crecen, insiste machaconamente en entablar amistad conmigo exhibiendo toda clase de piruetas y ladridos. Antonio, mostrando su dominio, le manda callar enérgicamente; el animalito se tumba cabizbajo y no vuelve a replicar el resto de la velada.

«Toda mi vida he tenido un libro entre mis manos. Termino uno y al día siguiente empiezo otro»

Nos miramos y empezamos una tranquila conversación sin prisas. Le pregunto, como es preceptivo, que cómo está y me contesta: «Qué quieres hijo, con 91 ‘castañas’ que voy a cumplir… Como soy curioso por naturaleza, mientras me habla, hago un ágil recorrido visual por aquella sobria estancia y, por último, dirijo mi vista a todos los elementos que se acumulan sobre la mesa: el periódico del día, otros papeles y, gran sorpresa la mía, un libro con una tarjeta de guía hacia la mitad de sus páginas. Se trata de la última novela de Carlos Ruiz Zafón: ‘El prisionero del cielo’. De manera algo indiscreta le pregunto, reconozco que un poco asombrado, que si le gusta la lectura y él me contesta con solemnidad: «Toda mi vida he tenido un libro entre mis manos. Termino uno y al día siguiente empiezo otro».

Me dice que son sus hijas las quienes se encargan de abastecerle de lectura: «Me traen  los libros de la biblioteca municipal, de la que soy socio desde hace mucho tiempo». En ese momento he sentido una necesidad irrefrenable de hacerle preguntas para que la gente conozca a Antonio Sánchez Pascual, el carpintero ilustrado que vino al mundo un 7 de diciembre de 1.925 en Cehegín, en la zona de El Cabezo, donde su padre ya regentaba una carpintería.

El gran orfebre de la dulcería Antonio Motolite ‘padre’, decía de él que «es extraordinario porque trabaja despacio»

Recuerda con enorme cariño su paso por el colegio de las monjas. Sor María y sor Luisa fueron las hermanas que más huella dejaron en su memoria porque, dice, «eran personas extraordinarias y además aprendíamos mucho con ellas; sobre todo a ser personas de bien. Sor Luisa acabó marchándose a África a atender a los más necesitados, como no podía ser de otra manera tratándose de una persona tan bondadosa». Me cuenta, divertido, que al terminar el colegio a la edad de 14 años, se puso pantalón largo por primera vez.

Más tarde, con dieciséis años cumplidos, se incorporó a la carpintería de su padre. Fabricaban, dice, toda clase de muebles; también puertas y pasamanos. El oficio de carpintero sería ya para siempre su modus vivendi. Quienes le conocen saben que se trata de un ebanista de primer orden. El gran orfebre de la dulcería Antonio Motolite ‘padre’, decía de él que «es extraordinario porque trabaja despacio».

«Sentí una gran emoción cuando terminé de leer El Quijote»

Le cambio el tercio de la conversación y le pregunto qué tipo de lectura es la que más le gusta. «Novela-me dice con gesto grave-; siempre novela. Empecé a aficionarme a la lectura con la colección completa de ‘El Coyote’ y ya no he podido dejar de leer. Por cierto, un personaje de este pueblo que no citaré pues ya está muerto, me la pidió prestada y  ya nunca más la he vuelto a ver». Una vez más, Antonio muestra el sello de hombre prudente que siempre le ha caracterizado.

Prosigue contándome cosas: «Me gusta ‘la buena novela’-qué definición tan hermosa para exaltar el género narrativo-. Arturo Pérez Reverte es uno de mis escritores preferidos. También he leído mucho a Mario Vargas Llosa: ‘La ciudad y los perros’, ‘Los cachorros’ ,’La guerra del fin del mundo’ y otras muchas». Me confiesa tras una breve reflexión que «sentí una gran emoción cuando terminé de leer El Quijote». Yo le replico, medio en broma, que ese hecho ya le sitúa por encima de la media nacional.Concluye, con la autoridad del versado lector que es, que ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez, es para él la mejor novela de la era moderna.

Han pasado algo más de cuarenta minutos y empiezo a despedirme de mi amigo Antonio: el carpintero, el lector insaciable de novelas-obras les llama él-; pero sobre todo una de las mejores personas que conozco. Le digo que tengo que hacer algunas cosas y debo marcharme. Me acerco, nos abrazamos y le doy un par de besos. Ahí le dejo con ‘La Verdad’ entre sus manos sentado en el viejo sillón que sostiene sus cansados huesos, y con la promesa de que pronto volveré para que me siga contando cosas de su larga y admirable vida.

Antonio Peñalver

22 de agosto de 2016   

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