El Espectro

La noche, oscura y silenciosa, empujaba a aquellos dos jóvenes policías a huir de la gélida intemperie que les tenía ateridos de frío. El viento, desapacible, movía caprichosamente las ramas de los naranjos bordes del bulevar central, creando un clima fantasmagórico que invitaba a asomarse al abismo de lo esotérico. Su misión esa noche, como todas las noches, era mantener la calma  generada por la propia naturaleza hasta que el orto se hiciera visible, provocando la vertiginosa desbandada de los fantasmas de la noche, dueños de los gorjeos de las aves nocturnas que vigilan de forma discreta, y el cri-cri de los grillos, afanados en transmitir a las hembras sus aspiraciones amatorias.   
Eran  las cinco de la mañana. La radio del coche les ofrecía suaves baladas que relajaban el afán de aventura noctámbula de aquellos dos intrépidos agentes refugiados en el imponente celular todoterreno, que destacaba en la soledad de las calles durmientes de aquel pueblo señorial del sur.
-Afortunadamente, aquí nunca pasa nada a estas horas. Me aburro como una ostra. ¿Por qué no nos damos una vuelta por el cementerio? -dijo uno de ellos-, al menos sabemos a ciencia cierta que allí nadie requerirá nuestro servicio -ambos hicieron gala de una sonora carcajada-. Los muertos no tienen necesidad de mirarse el reloj esperando que pasen las horas. Total, para qué. Otra vez la hilaridad hizo acto de presencia en medio de una falta de respeto propia de la edad de los dos jóvenes agentes.
-Estoy de acuerdo. Pero…una vez allí, espero que no te entre el canguelo y me hagas volver precipitadamente como ha ocurrido otras veces.
-No. No te preocupes; seguiremos escuchando música hasta que termine nuestro turno. Esperemos que los muertos no se molesten -respondió el otro  con absoluta irreverencia. El cementerio estaba a tan solo cinco minutos en coche de donde se encontraban, por lo que no tardaron en avistar la destartalada tapia que por su escasa altura, dejaba ver la silueta negra de los formidables cipreses que realzaban la solemnidad del vetusto camposanto.
A su llegada, los faros del auto apuntaron hacia el interior del cementerio, alumbrando los imperturbables nichos identificados por las fotos de sus ocupantes, y dando cuerpo con su foco a la escarcha en forma de tétrica neblina. Los claveles marchitos esparcidos por el suelo, delataban la prolongada soledad reinante en el lugar.
-¿Sabes lo que te digo? Nos vamos a fumar un «petardo» de estos (cigarrillo rubio) ahí afuera, en el poyatón que hay junto a la entrada. Parece que el viento se ha calmado un poco; así nos despejaremos del sopor que produce la madrugada.
Apenas habían pasado unos segundos, cuando creyeron oír un crujir de chinarros tras la amplia puerta de hierro, donde la palabra «cementerio» se coronaba en forma de fúnebre tiara.
-Parecen pasos-aseveró balbuciente uno de los agentes-. Un intenso escalofrío recorrió sus cuerpos de abajo hacia arriba. Se miraron de forma simultánea, aflorando en ellos una sensación de miedo desconocida hasta ese momento. El pánico les hizo retroceder un par de metros. De pronto,  a escasa distancia de la puerta principal, apareció la esbelta y oscura figura de lo que parecía ser el espectro de una mujer. Llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo atado a su garganta. Se acercaba despacio, como flotando. Su larga vestidura no dejaba ver si sus pies se posaban en el pavimento de la calle principal de la necrópolis. Aquella turbadora presencia se agarró fuertemente con sus dos manos a los fríos barrotes de la cancela y como un alma desnortada, pregunto con voz temblorosa: ¿Quién anda ahí? ¿Quién es?
Los dos agentes, sin mediar palabra, se miraron y al unísono corrieron desaforados y a trompicones hacia el patrullero, y en una inexplicable maniobra desaparecieron, derrapando, de aquel tétrico lugar, dejando atrás la tenebrosa silueta suspendida del fantasma de la mujer del pañuelo.
Al llegar a comisaría y tras pedir un poco de agua, narraron, excitados, el suceso a sus compañeros. Éstos, tras un breve silencio y de forma coordinada, soltaron una gran carcajada, poniéndoles más tarde al corriente de la realidad del personaje.
-¿Pero es que no lo sabíais? Solo se trata de una pobre loca a la que se le ha muerto el marido hace poco. La muy desgraciada duerme allí todas las noches y vuelve a su casa cuando, por la mañana, abren el cementerio.
Los dos ingenuos policías, se sintieron aliviados y se conjuraron para no volver nunca más de noche a aquel lugar de reposo de los que ya no viven entre nosotros.
Pero aquella mujer seguiría pasando allí noche tras noche. Sí, estaba loca, pero de amor. Quería seguir sintiendo la cercanía de su amado esposo. Donde quiera que estuviera, ella seguiría a su lado amándole eternamente.
Lo que debiera haber sido un espeluznante cuento de terror, se convertiría así en una bella y, a la vez, triste historia de amor.

Antonio Peñalver Corbalán 

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