Historia al calor de la lumbre

Antonio Peñalver 2

 Antonio Peñalver Corbalán

Ahí está, infatigable, asido con una de sus manos con incorregible tenacidad a una muleta como única forma de mantener en pie su desgastada figura; mientras, con la otra, labora en su recoleto huerto a golpe de azadón la fatigada tierra, vieja compañera silenciosa y protestona ya, que mañana aún dará hermosos y brillantes frutos rojos y verdes, siempre con la cantinela incumplida de que éste será el último año.

Ahí viene, renqueante, con su sombrero de paja de desbaratado entramado que deja ver su refulgente calva de tantos años de sol, pero al que no renuncia por innegociable compañerismo. Su piel tostada y gruesa, delata la forma de vida de este casi nonagenario hombretón, dispuesto siempre a mostrar su enfático amor a los animales, seguido a donde quiera que vaya por el diminuto perro que pareciera haber envejecido con él, y que solo ladra a los transeúntes si su amo está presente; y los dos gatos perezosos que andan por allí como silentes visitantes, cuando los desperdicios de la comida hacen su aparición de la mano de su enamorada e incondicional compañera del día y de la noche.

Se ha sentado junto a la lumbre de la chimenea, diseñada y ejecutada por él mismo hace ya no se sabe cuánto. Las brasas de tres deshidratados troncos entrecruzados, dan calor a esos huesos desgastados aliviando sus dolamas artríticas, pensando, a pesar de ello, que mañana debe volver al jardincillo donde le esperarán sus impertérritas mascotas ajenas a sus sufrimientos corpóreos, ávidas de sus mimosas palabras, y donde empiezan a asomar los incipientes brotes de las delicias que pronto decorarán su mesa y la de los suyos.

Ahí está, reposando como un veterano «caballero de la guerra». Es el mismo que un día, siendo aún púber, decidió que quería conocer de cerca las sensaciones de la batalla; vivir los peligros y la angustia que deben causar el estruendo de las bombas y los silbidos de los proyectiles al estrellarse en el mismo parapeto en el que uno ha de cuidar su integridad.

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Parece que fue ayer, cuando con tan solo diecisiete años, junto a sus seis hermanos y su angustiada madre, anunció a su progenitor durante la cena alrededor de aquella mesa redonda huérfana de manjares, que quería alistarse en La División Azul. No, no pretendía defender ideología alguna, ni había patria por la que morir. Solo quería defenderse a sí mismo. Su sueño era descubrirse en las peores de las circunstancias. Tenía espíritu aventurero y la gran contienda de mediados del siglo XX, era la panacea perfecta para luchar sin rencores de por medio.

El Trieste italiano, la vieja Yugoslavia, la Austria hitleriana, las llanuras magiares, los Cárpatos rumanos y la castigada Polonia, serían fieles testigos de los avatares de este mozalbete disfrazado de soldado alemán, que de día perseguía partisanos con la esperanza de no tener que abatir a ninguno, y que al anochecer, durante el sosiego marcial, habría de conducir su destartalado carro tirado por una vieja y sumisa mula, para abastecer de supervivencia a los desanimados aunque valerosos avanzados en el frente, donde la vida se convierte en algo baladí. El regreso, penoso y lento, no lo haría solo; tenía órdenes de cargar a todos aquellos caídos en combate que la vieja mula pudiera arrastrar a golpe de fusta.

Al iniciar el camino por aquella oscura vereda a la luz de la luna, una lágrima de rabia contenida resbalaría por su mejilla. Los espectros de aquellos desgraciados reclutas sin vida, hacinados sobre el angosto habitáculo de tablas crujientes, acompañaban cuan ángeles guardianes el triste retorno del niño guerrero a la segunda línea, para ser entregados a la madre tierra.

Como soldado derrotado, denostado y ultrajado a su paso por los festivos pueblos que celebraban la definitiva derrota del orgulloso pueblo germano, acabó en un vetusto campo de concentración en Suiza. Allí, en tierra neutral, pasó el último año de su particular aventura que le forjaría para siempre como un luchador infatigable.

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A su salida, fue acogido por una familia de comerciantes helvéticos que espabilaron el físico de aquel infante de rostro curtido de sufrimiento. El amor de una hermosa patinadora alpina no se hizo esperar, abstraída por el aura de heroicidad del joven español. Pero él era ya fiel a la niña desconocida de pómulos sonrosados que el destino le guardaba en su pueblo natal.

El olor a fritura proveniente de la cocina, le rescata de aquellos viejos recuerdos; pareciera que solo hayan pasado unos pocos días de tan dramática experiencia, que daría paso a una vida llena de vicisitudes y de amor que un día le llevaron, quién lo iba a decir, a prestar sus saberes a tierras germánicas, dejando de forma atribulada a su esposa y sus tres vástagos de cortísima edad, con el único objeto de ofrecerles una hogar digno construido a golpe de agónico estoicismo.

Ahí está, sosegado, exponiendo las palmas de sus enormes manazas esculpidas por el esfuerzo, al calor de la hoguera que alivia la gelidez de la noche invernal. Repasa, complacido, su existencia plena de alegrías y sinsabores. Por ella han pasado el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus progenitores y su boda con aquella niña de campo de cara rosácea, desconocida a la vez que amada con la que ha compartido toda una vida.

¡A cenar! Con esta llamada de su eterna compañera, despierta de su abstracción por tantos recuerdos de una vida intensa, donde el ocio ha sido siempre palabra prohibida. Tiene casi noventa años, y está pensando que mañana ha de acudir a su huerto; no se puede permitir el lujo de desatender sus tomates y sus pimientos; tampoco a esas hortalizas que le piden agua bajo amenaza de autodestrucción. Mañana, los brillantes y tersos frutos verdes y rojos, lucirán espléndidos en el centro de la mesa de esa casa que simboliza el tesón de un hombre hecho a sí mismo.

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