Domingo Peñalver, ‘el albudeitero’. Antonio Peñalver

 

 

Andrés Domingo Joseph Peñalver Jaén. Nacido en Albudeite el 4 de diciembre de 1.784 y fallecido en Cehegín el 12 de agosto de 1.864. Se casó con Esperanza Martínez Zapata el 8 de enero de 1.807. Era hijo de Francisco Peñalver Zapata y Ginesa Jaén Martínez. Fueron sus hijos: Francisco Simón Judas (nacido y fallecido en Albudeite), Pedro José, Francisco, Ginesa, Domingo y Juana María Peñalver Martínez (nacidos en Cehegín).

Ocurrió un 27 de octubre de 1.808 en Albudeite (Murcia). Las tropas francesas llevaban algún tiempo ocupando poco a poco el territorio español. Domingo rodeaba con sus fuertes brazos a Esperanza, su mujer, intentando darle un consuelo que se antojaba imposible. Estaba destrozada por el dolor. Él intentaba transmitir serenidad pero se estremecía ante el rostro desencajado y lagrimoso de su esposa.

Habían pasado tan solo unos pocos meses de aquella humilde, aunque alegre, fiesta nupcial tras la ceremonia religiosa en la iglesia de La Virgen de los Remedios, en la que ambos se prometieron amor eterno. La pequeña cajita de madera posada en el suelo del cementerio de Albudeite en medio de aquel paisaje selénico, contenía los restos de su primer hijo Francisco Simón, que esperaba ser devuelto a la sedienta y blanquecina tierra albudeitera.

Sus prontas ilusiones de formar una familia se quedarían allí enterradas junto al niño que hubiera culminado tanto amor desaforado. No pudo ser; no hubo tiempo. Francisco Simón Judas Peñalver no llegó siquiera a ser bautizado. Se lo llevó alguna terrible pandemia de aquellas que hacían estragos en los pueblos de España en que los párvulos nacían y morían casi al mismo tiempo; daba igual que fueran pobres o ricos. La obscura dama de la guadaña no acostumbraba a mirar los apellidos de los niños.

Pasó algún tiempo. Domingo trataba de alentar a su inconsolable mujer con la promesa de que volverían a tener más hijos y que él se encargaría de colmarles de felicidad en Albudeite o lejos de la tierra que les vió nacer. Una noche otoñal de ruidosa hojarasca, andaba Domingo inquieto acostado junto a Esperanza que permanecía también despierta pendiente de él. -¿Qué te pasa?, le preguntó ella volviéndose hacia el lado de la cama donde su esposo se debatía entre nerviosos espasmos involuntarios. Él, mirándola fijamente, le dijo: -¿Sabes lo que estoy pensando? Que nos vamos al pueblo de mi abuela. A Cehegín. Me han dicho que allí se está trabajando mucho el esparto y creo que podemos ganarnos bien la vida. Es un pueblo grande y los agricultores necesitarán de mis capazos para las cosechas de oliva y albaricoque; y serones para las bestias. Además, me han dicho que hay muchos señoritos que vienen de Madrid a sus grandes y hermosas haciendas con buenos dineros. No tenemos nada que perder. -Pero nuestra vida está aquí; nuestros padres, nuestros amigos…, le respondió ella atribulada. -Confía en mí. En esta tierra no hay futuro, es un pueblo demasiado pequeño y la gente no tiene posibles para gastar. -Tú sabes que te acompañaré a donde vayas, sea o no para bien, le satisfizo Esperanza haciendo honor a su hermoso nombre.

Así pues, una mañana de invierno, Domingo y Esperanza, con unos pocos bártulos y algunos reales en una bolsita de tela confeccionada por ella misma, cogieron la destartalada diligencia tirada por cuatro hermosos caballos de pelaje castaño que hacía el recorrido Murcia-Caravaca, y marcharon a Cehegín ante el apesadumbrado gesto de Francisco y Ginesa que, acompañados por unos pocos familiares que acudieron a decirles adiós, les despedían forzados y con tristeza ante el incierto porvenir del buen hijo que iniciaba un viaje sin retorno.

En aquellos tiempos la distancia entre Albudeite y Cehegín era todo un mundo. No se sabe con exactitud la fecha en que Domingo y Esperanza partieron, pero todo hace indicar que fue entre 1.808 y 1.809, en plena invasión napoleónica, con José Bonaparte reinando plenamente en España. Establecido ya en Cehegín, en el número 5 de la calle Don Pedro María Chico de Guzmán, pronto se dio a conocer como Domingo ‘el albudeitero’ o ‘el esterero’.

No tardó mucho en empezar a ganarse la vida con la manufactura del esparto. Comenzó fabricando esparteñas para los agricultores. Quien necesitaba un soplillo para aventar la lumbre o un capazo o un serón, o una estera para la puerta de la casa, solo tenía que pasarse por el pequeño establecimiento de Domingo ‘el albudeitero’. Estaba convencido que había caído de pie en el pueblo de sus antepasados.

Consolidado y con su pequeño negocio viento en popa, todo parecía maravilloso hasta que una mañana de julio de 1.812, recibió un correo que le anunciaba el inminente fallecimiento de su padre, Francisco Peñalver Saravia. Abatido, partió raudo hacia su añorado pueblo con la esperanza de poder darle un último adiós. Llegó a tiempo de contarle a su padre lo bien que le iban las cosas, lo cual reconfortó a Francisco que pocas horas después abandonó, de forma serena, esta vida para siempre. Una vez terminadas las exequias religiosas, se acercó a su madre, cogió sus trabajadas manos y le dijo: -Madre, te vienes conmigo a Cehegín. -¿Pero hijo, qué voy a hacer yo en un sitio en el que no conozco a nadie? ¿De qué voy a vivir?, le replicó ella con voz temblorosa. -Tú no tienes que hacer nada, madre. Vivirás con nosotros. Yo te mantendré con lo que gano. En cualquier caso nos echas una mano en la casa y ayudas a Esperanza que solo puede estar pendiente del zagal, que anda ‘malico’ últimamente. Y así fue. Ginesa marchó al día siguiente con su hijo Domingo hacia un nuevo lugar en el que nunca antes había estado a pesar de ser el pueblo donde nació su madre: Cehegín.

Fueron pasando los años y Domingo Peñalver Jaén era ya un hombre reconocido e integrado en la sociedad ceheginera. Además de su oficio de espartero ganaba un buen dinero como mediero, explotando tierras a medias con otros, cultivando esparto. En 1.812 tuvo al primero de sus cinco hijos cehegineros: Pedro José. Pero fue en 1.815 cuando nació el que sería germen de todos los que portamos el apellido ‘Peñalver’ actualmente en Cehegín: Francisco Peñalver Martínez. Él fue el único de los hermanos que se dedicó a la fabricación de alpargatas con estructura industrial.

Era a mediados del siglo XIX. En aquellos tiempos de escasez, la alpargata adquirió una gran importancia, pues era un calzado barato y duradero que todo el mundo usaba. Hasta tres generaciones posteriores de ‘Peñalver’ continuaron con la elaboración de alpargatas. Fue hacia la mitad de los años sesenta del siglo XX, cuando dicha fabricación dejó de ser importante para la economía del pueblo. Con la irrupción de la modernidad, la alpargata quedó para un sector menos amplio de la sociedad y como calzado propio para las tareas hortenses.

En 1.855, Domingo estaba ya algunos años instalado en su nueva casa de la calle Esparteros nº 5 con su mujer y su única hija soltera, Juana María. Su madre ya había fallecido hacía algunos años. Era una casa confortable y amplia. Se accedía por un pequeño patio ajardinado que conducía a las estancias interiores. Los demás hijos habían formado su propia familia. Domingo y Esperanza ya disfrutaban de nietos. Había conseguido aquel viejo sueño en su Albudeite natal de triunfar en el pueblo donde había nacido su abuela materna Andrea Martínez.

Pero un hecho terrorífico ocurrido durante ese mismo año acabaría para siempre con el sosiego de aquella hacendosa y honrada familia: el cólera se llevó por delante las vidas de su hija Juana María, con tan solo 31 años de edad, y cinco días después, también la de su esposa Esperanza. España estaba siendo golpeada por esta feroz enfermedad causada, seguramente, por la falta de salubridad en el agua y en los alimentos. Tan solo dos años antes, había fallecido su otra hija Ginesa, de 35 años a consecuencia de ‘intermitentes’ según certificó la propia familia.

Un año después, triste y abatido por tanta desgracia, Domingo decide hacer testamento en favor de sus hijos y sus nietos huérfanos. Como era preceptivo en aquella época, la casa de la calle Esparteros se la quedó su hijo mayor Pedro José; eso sí, a cambio de 3.048 docenas (así, textualmente, reza en el testamento realizado en 14 de octubre 1.856. He de suponer que se refiere a soga de esparto, que se juntaba en atadijos de doce unidades), ya que su profesión era la de espartero.

El día 12 de agosto de 1.864, Domingo Peñalver Jaén, albudeitero de nacimiento y ceheginero de corazón, falleció de enteritis según el parte facultativo del doctor don Francisco López, a la edad de 80 años. Se marchó de este mundo sin ser consciente de que su meditada decisión de trasladarse a Cehegín en aquel lejano inicio de siglo, iba a suponer un auténtico espaldarazo a la economía del pueblo en años posteriores llenos de pobreza y humildad extremas, ya que su hijo Francisco y sus tres generaciones posteriores iban a dedicarse al negocio de la alpargata y a crear una infraestructura industrial en Cehegín que originaría cientos de puestos de trabajo y daría de comer a muchísimas familias en aquellos duros tiempos en que la hambruna, las enfermedades y la muerte temprana asolaban los pueblos de España.

En homenaje a mi antepasado Domingo Peñalver Jaén, precursor de los Peñalver (‘Peñalveles’ nos llaman) de Cehegín. Este es un relato de ficción basado en los datos acumulados por mí a lo largo de estos tres últimos meses.

Antonio Peñalver Corbalán, 3 de octubre de 2.016

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