En el año 1840 se comenzó a construir en Cehegín el Teatro Calderón sobre terrenos de un antiguo corral de comedias del siglo XVII. ¿Quién asistiría a las representaciones de tan lejana época?. Reinaban los Austrias Menores hasta la extinción de la dinastía con la anhelada muerte de Carlos II El Hechizado, quién por cierto no era tal, sino un desgraciado fruto de la endogamia.
No nos extrañe que entre el variopinto mundillo de los hidalgos apergaminados, con los hatos de la pudenda fundidos por falta de agua e intemperie, estuviesen presentes, a menudo, algunas instruidas lentes montadas sobre mostachos. Reconstruyendo el cuadro, quizás vislumbraríamos la presencia de un Carreño o de un Fajardo, enemigos seculares que, en definitiva, podían haber dado al traste con la vida del Alférez D. Alonso de Góngora y Quirós.
Aquel micromundo, levantado junto a la ermita de la Concepción, sucumbió desahuciado por la acción reformista de
los ilustrados, que en la historia de las tablas comenzó con ‘El Sí de las Niñas’, obra fundamental de Fernández de Moratín puesta en escena en el Teatro de la Cruz de Madrid el día 24 de Enero de 1806. En el tinglado de las corralas eran obligadas las representaciones en las Fiestas del Corpus y cabe intuir que no faltarían piezas como ‘El Valle de la Muerte’ y ‘La Ascensión de la Virgen’, ambas del escritor murciano Andrés de Claramonte. También las piezas de Salucio, (Damián Salucio del Poyo), igualmente murciano, que compuso ‘Perseguido’ y ‘La Vida y Muerte de Judas’, entre otras.
Los cehegineros de entonces se encabritaban, y los del Paraíso se levantaban, pataleaban y gritaban “¡mátalo, mátalo, …!”, olvidando que el tal Judas se había ahorcado en los tiempos en que Jesucristo caminaba por el polvo de la vieja Jerusalén, semillero eterno de sangre y muerte. No falta quién afirma que Judas, El malo, fue vampirizado por el mismísimo Pasgan, y vaga, desesperado, por el reino de las sombras. Y, por añadir, queda otro murciano,
Gaspar de Ávila, quién hizo las delicias de los nuestros con ‘El Laurel de Apolo’ y ‘Las Bulerías del Amor’.
Languidecieron las corralas y el viento se llevó a la nuestra. Más tarde, el despegue económico de España derivado del ferrocarril, el gusto romántico, la complicada tramoya visual, la luz de gas y la sociedad ilustrada, trajeron consigo la construcción de teatros en multitud de poblaciones. En Cehegín, se reunían los ilustrados, y éstos,
representados por D. Diego-María Chico de Guzmán y Figueroa, D. Alfonso Álvarez Castellanos, D. Juan Chico Chico, D. Santos de Cuenca Rubio, D. Pedro-José Ciller y Quirós, y D. Alfonso Chico de Guzmán y Belmonte, acometieron la empresa levantando a sus expensas, con refuerzo de pequeños accionistas, aquel santuario sobre los terrenos que cedió D. Alfonso Chico de Guzmán y Belmonte… el Teatro Calderón.
Contaba con un aforo cifrado en 101, 111 ó 180 localidades, según distintas fuentes. D. José Bisso, en “La Crónica de la Provincia de Murcia”, editada en el año 1890 por Rubio, Grilo y Vitturi, recogida por Maxtor-Valladolid en el año 2004, lo describe con 111, dotado de escena, patio de butacas, plateas y gallinero con bancos de madera. Nada de extrañar para una población de 7.000 habitantes, casi todos jornaleros y obreros, iletrados, con pocos recursos.
En la cercana ciudad de la Cruz, tres años más tarde, se edificó el Teatro Thuiller con 190 localidades en aquel momento, según el citado cronista. Contaban los antiguos que el Teatro Calderón era una bombonera. Claro que esto es lo que se dice de todos los teatros desaparecidos. Podemos deducir que en los relatos de nuestros padres y abuelos jugaban también los enfebrecidos y dorados recuerdos de sus años felices.
El caso es que, ciertamente, su apertura debió constituir un enorme acontecimiento. Contenía pinturas mitológicas, y se hablaba y no paraba sobre la preciosidad del telón y de sus maravillosos techos pintados por artistas al gusto francés. Es seguro que cada palco contenía cuatro sillas y estaban iluminados por artísticos aparatos de gas. El escenario tenia la embocadura de cinco metros y fondo de seis, aunque parece que la proporción geométrica no es la
adecuada. Nada se comenta sobre camerinos, pero sin duda existiría alguna pieza destinada a ello, al menos para las
señoras.
En cuanto el sistema higiénico, que siempre solía silenciarse en las descripciones de la época, es también cierto que a mediados del siglo XIX y para esta clase de edificios se disponía de letrinas para señoras y caballeros, que evacuaban, en particular en este teatro, a un pozo ciego o fosa aséptica. De haber algún problema que impidiese su utilización, ahí estaba, afuera, el amplio y oscuro mirador, al que la gente ascendía porla calle de las espiritistas o bien por la cuesta que ascendía desde la Plaza del Mesoncico.
Dieron vida a la escena del Teatro Calderón grupos de aficionados, y sólo en fiestas señaladas se contrataban
espectáculos de profesionales. Por supuesto privaba la zarzuela, género musical que recibe tal denominación por las numerosas zarzas que existían en el lugar donde Felipe IV hizo construir un pabellón de caza y recreo en el que se celebraban representaciones de este género.
Mi amigo y compadre, Antonio González Noguerol, sabe muy bien la historia de aquellas zarzas de la villa y corte, ¿no es cierto?, esto se dice en la radio, Diálogos con la Música. ‘El Dominó Azul’, de Emilio Arrieta; ‘Música por Amor¡, de Antonio de Literes; ‘Jugar con Fuego’ y ‘Pan y Toros’, de Francisco Asenjo Barbieri; ‘La Verbena de la Paloma¡, de Tomás Bretón; ‘El Tambor de Granaderos’, de Ruperto Chapí; ‘Agua, Azucarillos y Aguardiente’, de Federico Chueca.
Sainetes cómicos, piezas dramáticas, conciertos, magia y números circenses. Pero eran las canzonetistas y cupletistas
las que llenaban el teatro hasta la cazoleta:»género ínfimo» que calificaron los entendidos. Más tarde se importó el título más generalizado de ‘Variedades’, espectáculos consistentes en una extensa y divertida muestra de números musicales y hablados, incluso de exhibición de monstruos humanos, desgraciados de la naturaleza.
Se supone que un numeroso abanico de señoras, de dudosa extracción, desde la escena calentaron los asientos del viejo coliseo. Respondían a sobrenombres artísticos: Pilar Bello, Lida Iris, Hermanas Gemelitas, Julita Solá, Juanita Oya, Nila Solbes, La Goya, Josefina Sánchez, Antoñita Torres, Blanquita Moré, Soledad Miralles, Las Lisandras, Luisita Quirós, La Argentinita, Paquita López (muy apreciada en Alcantarilla); y figurantes como El Gran Olivares,… José Marco,… bufones rojos, poleas, machichas, garrotín, bulerias, canciones sicalísticas o cuplés.
No podemos olvidar a Narciso Ibáñez Colanda, padre de Narciso Ibáñez Menta que en la feria de 1906 se presentó con Vicentina Ruiz, Esperanza Marín y una compañía de zarzuela que puso en escena un repertorio de números de diversos títulos: Moros y Cristianos, La Gatita Blanca, El Puñao de Rosas, Venus de Salón, El Túnel, La Borracha y Colorín Colorao.
No sería justo olvidar a Antonia-Brígida Martínez Burruezo, ‘La Salerito’, nacida en la Cuesta del Castillo, núm. 14, de Caravaca, el día 23 de junio de 1881; hija de Fernando Martínez y de Maravillas Burruezo. En principio, siendo de
familia modesta, obtuvo colocación como criada con una rica familia de Madrid. Quedó embarazada, al parecer de su señor, y fue entonces cuando se lanzó al mundo de la farándula. Alcanzó una enorme popularidad y dilapidó la gran fortuna que había amasado, muriendo a la postre en su ciudad natal, totalmente desafortunada y olvidada, el día 29 de agosto de 1959.
El día 29 de mayo de 1887 nació en Mahón José-María Martín Domingo, compositor de pasodobles tan conocidos
como ‘Lagartijilla’, ‘Marcial, Eres el Más Grande y ‘Los 2 Adolfos’. Este señor, siendo subdirector de la Banda de Música de Alabarderos de Madrid, compuso un pasodoble militar que enseguida alcanzó enorme popularidad. También se escuchó esta pieza en el Teatro Calderón en numerosísimas ocasiones. Se trata de ‘Ven Cirila ven’:
Soy el corneta del escuadrón,
el más granuja del batallón.
Tengo sitiada a la Cirila,
que es una hembra que está cañón…
Hoy la Cirila viene por mí
cuando me arranco diciendo así.
Estribillo:
Pon, pon, pon,
Ven, Cirila ven, y verás, y verás algo oficial.
Ven, Cirila ven, …
Va la Cirila luciendo el talle…
ven, Cirila, ven, y dame un apretón
que me rompa el cinturón, po, po, po, po ron.
Éste ‘Ven Cirila, ven’ era el caballo de batalla, y el público coreaba el estribillo: “Va la Cirila luciendo el talle, …, ven Cirila ven y dame un apretón que rompa el cinturón, pon, pon, pon, rom». ‘La Cirila’, desgranada por la canzonetista María Tubau, cuando se apareció en el Teatro Calderón el domingo, 8 de mayo de 1927. Esta señora se despidió del público en el Teatro Maravillas, de Madrid. Pero ocurre que, a menudo, se confunde a ésta con María Tubau (de pila María Álvarez Tubau), notabilísima actriz, habitual, junto con Julián Romea, en el Teatro de la Princesa de Madrid.- Coetánea de María Guerrero, fallecida el día 13 de Marzo de 1.914.
En consecuencia, la señora que cantaba ‘Ven Cirila ven’ no era la verdadera María Tubau sino una vulgar artista que usurpó el nombre de la primera, sepultada en Madrid, trece años antes. La falsa Tubau hizo las delicias de la gente del gallinero con atrevidas tonadillas como El Hijo del Amor, del maestro Quirós y Bésame, del maestro
Evelio Burrull. Precios: Palcos con 4 sillas, 8´00 ptas; Butaca 1´50 ptas; Anfiteatro 1´50 ptas; General 0´50 ptas; Media entrada, 0´25 ptas. Tan popular fue La Cirila que a la mal llamada gripe española se le puso ese nombre, al coincidir la aparición de las dos al mismo tiempo, aproximadamente.
Cuando se inventó el cinematógrafo, el teatro hubo de adaptarse a las revolucionarias técnicas visuales-Se apagaban
las luces y un cañón de luz arrojaba a la pantalla ríos de personas. que salían de una fabrica. Corrían como autómatas. La vida había cambiado. El Conde Hugo se disponía a rescatar a Lucille, la heroína, y la cámara enfocaba un precipicio. El público quedaba sin ver el desenlace y citado para el próximo episodio. ¿Qué piensa la princesa, hada y ángel… ? ¿Volverá con su radiante belleza a Cehegín?… ¡Aguarde al siguiente episodio!.
Nobleza Baturra y Morena Clara, de Florián Rey. Cúspide del cine silente español. Las películas se proyectaban subtituladas. Los espectadores, mayoritariamente analfabetos, resolvieron de inmediato el obstáculo. Se arremolinaban junto al que sabía leer, quién, orgullosamente, traducía. Algunos bromistas leían la acción como les venía en gana y los oyentes quedaban totalmente desconcertados.
Bajo la pantalla había un piano y las películas mudas se amenizaban con música, especialmente en los intermedios
entre bobinas. ¿Pero dónde está el pianista? Como todo tiene solución, menos la muerte, surgió uno
que cencerreaba con atrevimiento… Le llamaban El Porrón. Tenía un somero repertorio que fue reduciéndose casi a la nada dando lugar a las protestas del público. Solía tocar una tonadilla denominada ‘El Tomás’. Pero también era abucheada. Así que El Porrón, para justificarse, subía al anfiteatro y desde allí gritaba «maestro toca El Tomás».
Vida alegre y divertida. Años 20. Cuando en el año 1927 vino el cine sonoro de manos de Warner Bros (El cantante de Jazz, de Alan Croslan) la pantalla cobró vida. Se sincronizaron los movimientos y las palabras. Pero el Teatro Calderón ya estaba en pleno declive. La gente prefería el Salón Benavente, después Teatro Alfaro, que ya
funcionaba. Más tarde, Fernando Alfaro Rivas se ocupó de transformarlo en cinemascope, y terminó cediendo su
arrendamiento a la Empresa Peñalver. En el año 1937 el Teatro Calderón fue víctima inocente de la ignorancia y de la incuria y cayó fulminado sin dejar rastro. Nos queda un espléndido teatro. No repitamos la historia.
Angel Luis Peñalver Ruiz / Abogado
Cehegín 6 de Agosto de 2014



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