7 Y 8 DE NOVIEMBRE DE 1.925
Con las piernas cruzadas estaban repantigados en los sillones verdes junto a las peceras del Casino. Miraban a la calle. Ardieron las primeras luces de afuera. Estaban solos. No tardarían en llegar los socios habituales con el cierre
de los comercios.
Pasó una mujer esbelta, acicalada, moviendo los tacones con gracia y pausa felina. Los amigos afinaron la vista, estirándose hasta verla trasponer a la altura de ‘Lorencio’.
– D. Francisco, ¿se ha fijado vd.?
– ¡Ah!, ¿no ha sido una fantasía?
– ¿Acaso no tiene ojos?, D. Luis. ¿Cree vd. que puede haber algo tan excitante como el culo vedado de esa mujer?, ¿le agradaría que no estuviera oculto y apretado por la faja?
– No puedo responderle, porque no he visto a ninguna mujer desnuda.
– D. Luis, ¡está vd. casado!
– Sí, pero mi esposa nunca se despoja del camisón. ¿Acaso vd. sí…?
– Bueno, la verdad es que a mis años procuro alejar esas vanidades.
– ¿Le pido un café?
– Prefiero una manzanilla.
– Llamaré al conserje.
– Bien, aquí arriba está el timbre, lo ocultaba mi gabán.
– D. Luis, ¿tiene algún libro en danza?
– Hace varias noches que intento sumergirme en el etéreo reino habitado por Clawdia, una tuberculosa, la mujer de andares felinos que hemos visto pasar, quizás. Se trata de ‘LA MONTAÑA MÁGICA’, de Thomas Mann. Me lo
recomendó el Sr. Casto, de la Biblioteca.
– Si traducimos esta obra a la música, ¿qué encontramos?
– Para mí, D. Francisco, además de ‘EL TIL’, de Franz Shubert,’ LOS CUATRO ÚLTIMOS DIEDERS’, de Richard Strauss, el último canto del cisne,aunque aún no habían sido escritos, unidos a la bella y elegantísima decadencia.
– D. Luis, ¿se ha dado cuenta de que ha pasado vd. del culo de esa hermosa mujer a la metafísica?
– Vd. es quien me preguntó, D. Francisco.
– Sin embargo, cuando sigo a Clawdia en la lectura no veo el trasero, sino sus ojos casi tartáricos, el enorme poder seductor y el orgullo del porte flamante y erótico.
Un ligero movimiento de las pesadas cortinas de terciopelo, dio paso al sombrero del Sr. Cava, cubriendo un rostro sonrojado y vivaracho.
– ¡Buenas tardes, señores!, ¡se está bien aquí!, en la Iglesia, en cambio…
– Siéntese con nosotros, D. Jesús.
– Gracias, D. Francisco.
– Estaba D. Luis haciendo elogios de ‘LA MONTAÑA MÁGICA’, un libro escrito por un alemán el pasado año. ¿Qué opina vd.?
– Pues, …, -contestó balbuceando-, ¿no será ‘LA MONTAÑA RUSA’?
– No señor, nos estamos refiriendo a la obra de Thomas Mann.
– ¡Ah!, la leí, sí, una vez, pero,…, bueno empecé a leerla pero no la creí interesante.
– D. Jesús, ¿conoce vd. al “Alpargatón”?
– Sí, ¡a ese, claro!, ¿les cuento su historia?
– No, mejor otro día
El Sr. Cava se despidió vagamente y fue a sentarse junto a D. Alfonso Montañés, -quien acababa de llegar-, un hombre muy puesto en el cine. Comenzaron a desentrañar la película de moda que daban en El Calderón, ‘PILAR GUERRA’, o la historia de una maestra de pueblo que es seducida por un escultor, y la despiadada venganza de ella. El director, José Buch, había triunfado en el año mil novecientos veintiuno con ‘LA VERBENA DE LA PALOMA’.
– ¡Mire vd. a la calle!, D. Francisco. ¡Ahora vuelve!
– Sí, las mujeres tan hermosas justifican todas las locuras que nos hacen cometer. Creo que algo así dijo Plutarco, y no me lo tome a mal.
– Es posible, pero se me ha ocurrido a mí, después de 2.000 años.
– De lo cual se induce, querido D. Luis, que las mujeres fascinantes no se crearon a semejanza del hombre, porque, mire vd. qué canillas asoman por la boca de sus pantalones.
– ¡Tampoco vd. es Apolo!, D. Francisco.
– Observe a esas señoras que llegan detrás; todas vestidas de negro, con misal y velo. Bajan despacito, de bracete. ¿A quién estarán haciendo la fotografía?
– ¡Anda vd. mal de la vista!, ¡son las nuestras con otras parecidas! Por eso le dije a vd. que no me interesaban los culos.
Las peceras se habían poblado de socios, sentados con la cabeza reclinada, como si aguardaran al barbero. Conversaban en voz queda, y algunos dormitaban. D. José Melgares lanzó un ronquido profundo y despertó sobresaltado. Se acercó de nuevo el Sr. Cava y murmuró:
– Creo que he quedado fatal con lo de La Montaña.
– No se preocupe, D. Jesús, nadie puede saberlo todo, aunque desde luego ha confundido el sanatorio encantado de los Alpes Suizos con un artilugio de feria.
– He de marcharme, D. Luis, quizás más tarde asome por la tertulia nocturna de D. Paco.
– ¡Aguarde, D. Francisco, le acompaño!
Al salir a la calle les saludó cortésmente D. Luis Musso, que entraba en ese momento, seguramente en busca de una partida de billar, arte en el que era un consumado maestro.
El Sr. Cava, cuando los vio desaparecer, se levantó encaminándose rápidamente por las escaleras de madera, en dirección a la biblioteca, donde buscó afanosamente, pero en vano, ‘LA MONTAÑA MÁGICA’.
Transitaba el ‘Barrenas’ con la tabla de pan recién cocido sobre la cabeza, cantando el himno a María, cuando salían, al amanecer, los últimos trasnochadores, desencajados por el bacarrá.
Al día siguiente, domingo, acudieron a las peceras, desde donde privilegiadamente se vivía el mercado semanal, que alcanzaba el apogeo a la salida de misa de las 12. Por allí desfilaban toda clase de tipos del género humano, desde verduleras, parlanchines, recoveros, hasta niños con el tebeo D. Renacuajo. Un ambulante vendía fotografías de estudio de Luise Rainer, la joven artista de cine que más tarde obtendría dos Oscars seguidos. Años después sus películas fueron prohibidas en España. En Hollywood había recaudado fondos para los niños de la República. Más tarde aún, hizo entrega del Oscar a José Luis Garci.
6 Y 7 DE NOVIEMBRE DE 1.965.-
– ¿Qué película ponen mañana?
– ‘ESPLENDOR EN LA HIERBA’, ¿irás?
– Sí, creo.
– ¿Con la novia?
– ¡Me guardará la silla!
– ¡Qué suerte tienes!, ¿te deja?
– No. Cambia el tema.
– ¡Era una broma!
– Sabes, en Cehegín han existido amores inmortales.
– Lo sé, ¡no me cuentes de nuevo la historia de Dª. Joaquina Ródenas!
– ¡Ya veo que no la sabes!, no era Dª. Joaquina, se llamaba Purificación; y te la voy a contar de nuevo: “Purificación Ródenas Godínez, fue enamorada por el hijo de una familia, de títulos, a la que servía. Por cierto, que la casa señorial
está en la Cuesta de Moreno, que entonces se llamaba C/. de la Princesa. El joven Romeo fue José Sánchez Ruiz de Assín. Purificación fue despedida, pero siguieron viéndose a escondidas de los padres de él. Los padres le exigieron
juramento para que una vez muertos no hubiera matrimonio, pero José no lo prestó, y en cuanto pudo llevó a Pura a importantes colegios y profesores, e hizo de ella una señorita de postín. Después se casaron. Tuvieron cuatro hembras y un varón. Hace unos días vi a su hija, Dª. María de la Luz, en el Mesoncico, hablando con Sor María. Dª. Pura Ródenas, como se le conoció, falleció en la misma casa, en julio de mil novecientos cuarenta”.
– Bien, no la olvidaré, pero no me la repitas más.
– Esta calle ha visto y sufrido buena parte de nuestra historia. Bodas, procesiones, algaradas, bullicios, carreras y hasta saqueos. Los franceses respetaron los escudos nobiliarios, seguramente porque les entró pereza, pero robaron la Biblia. Y el caso es que tampoco la turba que dio fuego a la Parroquia reparó en ellos. Ahí están, desde hace siglos. Construir lleva años,y destruir sólo momentos.
– ¿Nos vamos?
– No es tan tarde. Quiero preguntar a Ramón por un libro.
– ¿Por alguno en especial?
– Verás, se titula ‘LA MONTAÑA MÁGICA’. Mi padre quedó impresionado por una mujer llamada Clawdia. Leyó el libro tantas veces que asegura que una tarde la vio pasar a través de estos cristales.
– ¿Qué fue de ella?
– Decía que no volvió a verla jamás, y la verdad es que estoy intrigado.
– Que sepas que Clawdia es una mujer que rezuma sensualidad y roba las energías de cualquier hombre. ¿La has leído?
– No me digas nada más, quiero enterarme solo.
Paco y Luis, los dos amigos, se marcharon. En el patio andaluz, José del Amor y Alfonso Gil luchaban, ensimismados, con el ajedrez, mientras la cafetera resoplaba vapor. Al siguiente día acudí a misa de las 12. El cura se extendió demasiado en la homilía y algunos salieron a fumar. Me había colocado en un banco, junto a la subida del campanario, y desde allí divisaba los bancos repletos de la nave central y el Altar Mayor.
Una joven rubia giró la cabeza y me miró. No era como Clawdia sino el símbolo de la reciente inocencia. Inspiré profundamente, tratando de dominar mi nerviosismo. Intenté evocar la serenidad del primer movimiento del
Concierto para piano número 1 de Chopin, pero se me hizo un nudo en el estómago y salí caminando hacia la emisora. Me detuve en el soportal del Ayuntamiento. La gente que salía de misa irrumpió en la barahunda que inundaba los puestos del mercado. Vestía un traje de chaqueta azul cobalto a juego con un jersey cisne amarillo suave, tacones y un bolsito negro que colgaba del brazo izquierdo. Caminó sin detenerse hasta que sólo distinguí su cabello rubio entre la multitud. Apreté el paso hasta ponerme a su lado. Una sonrisa se dibujó en sus labios.
Tras las peceras del Casino, una docena de ojos mareados llenaban las alforjas. ¿Nos seguían o nos perseguían?
– ¿A dónde vamos?, -pregunté-.
– ¡A donde quieras!
Nos detuvimos en un grupo de curiosos, que hacían corro a un adivinador colocado junto a la camisa artificial de una enorme serpiente. Más abajo, junto al Hospital de la Real Piedad, un charlatán se desgañitaba rifando lotes de mantas de vivos colores.
– ¡Esta tarde dan en el cine ‘ESPLENDOR EN LA HIERBA’!, ¿recordabas?
– Sí.
– ¡Iremos!, ¿verdad?
– ¡Claro que sí, a las 4 en punto!
7 DE NOVIEMBRE DE 2015, EN EL SALÓN DE LOS ESPEJOS
– ¡Tú sólo me cuentas la misma historia!, y no tiene nada de extraordinaria.
– ¿Ya me dirás?, ESPLENDOR es una buena película, pero no la única.
– ¡Sí que lo es para mí!
– ¿Por qué?
– ¡Porque después no la encontré!, en ocasiones escucho la banda sonora, que escribió David Amram.
– ¿No esperarás que crea que se esfumó?
– ¿Fue una evanescencia?, ¿quién lo sabe?
– Y ¿qué fue de los peces?
– ¡Murieron casi todos!. ¡Hay sueños que son tan reales!. Nos queda la felicidad de los nietos, pero desde luego, nada ni nadie nos devolverá aquéllos días



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